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El Nombre que no puede nombrarse

El Nombre que es sin nombre. La imagen describe a un hombre meditando con el ying yang a un lado, el tetagrama en Hebreo YHWH en otro

Tao, “Yo Soy” y la Realidad que está más allá de lo visible

Hay textos que no informan.
Despiertan.

El comienzo del Tao Te Ching es uno de ellos:

“El Tao que puede llamarse Tao no es el verdadero Tao.”

No es un juego intelectual.
Es una advertencia: lo Infinito no cabe en una palabra.

Nombrar es delimitar.
Y lo Ilimitado no puede ser reducido sin dejar de ser lo que es.

El Nombre que no es un nombre

Cuando Moisés pregunta por el nombre de Dios, la respuesta en la Biblia no es un nombre común. Es YHWH, tradicionalmente interpretado como “Yo Soy”.

Pero “Yo Soy” no funciona como etiqueta.
No describe.
No clasifica.

Es Presencia.

Es como si dijera:
“No me definas. Soy Ser.”

No hay sustantivo.
No hay adjetivo.
Solo existencia pura.

Aquí el Tao y el desierto se tocan.

“Sí es Dios… y no es Dios”

En Conversaciones con Dios, hay un diálogo revelador. El autor insiste en saber si la voz que le habla es realmente Dios, “el Dios verdadero” o alguna otra entidad.

La respuesta es desconcertante:
sí es Dios… y no es Dios.

No como contradicción, sino como ampliación.

El Ser que responde le invita a no intentar encerrar lo Divino en una categoría mental. Porque cualquier definición sería parcial. Cualquier afirmación cerrada sería reductora.

Lo que habla puede llamarse Dios.
Pero lo que Dios es trasciende ese nombre.

El nombre sirve para la relación.
Pero la Realidad no depende del nombre.

La apariencia y la Realidad

El Tao continúa diciendo:

“Desde el No-Ser comprendemos su esencia;
desde el Ser, sólo vemos su apariencia.”

Y aquí aparece otro eco profundo en Un Curso de Milagros.

Una y otra vez, el Curso repite que lo que percibimos no es la Realidad.
Que lo visible es una proyección.
Que lo que tocamos, medimos y nombramos pertenece al ámbito de la apariencia.

La Verdad —dice— está más allá de lo que puede verse.
Más allá de lo que puede tocarse.
Más allá de lo que puede nombrarse.

No porque sea lejana, sino porque es anterior.

La mente percibe formas.
La Realidad es previa a toda forma.

El problema no es el nombre

El nombre no es el enemigo.

El problema aparece cuando confundimos el nombre con la Fuente.

Cuando creemos que nuestra definición de Dios es Dios.
Cuando defendemos conceptos como si fueran la Verdad.
Cuando discutimos palabras olvidando la Presencia.

Entonces la espiritualidad se vuelve ideología.

El Tao advierte.
El desierto advierte.
El Curso advierte.

La Realidad no puede reducirse a lo que vemos.
Y mucho menos a lo que decimos.

El Misterio que se deja llamar

Hay algo profundamente hermoso en todo esto.

Lo Innombrable no tiene nombre.
Y sin embargo se deja llamar.

No puede definirse.
Y aun así responde.

No puede capturarse.
Y aun así se manifiesta en el corazón dispuesto.

El Tao.
El “Yo Soy”.
La Voz interior.
La Presencia.

Distintos lenguajes.
Un mismo señalamiento.

No hacia una idea, sino hacia un reconocimiento.

Vivir sin reducir

Tal vez la madurez espiritual no consista en acumular más definiciones,
sino en sostener el Misterio sin necesidad de encerrarlo.

Podemos usar nombres.
Pero sabiendo que no contienen la totalidad.

Podemos hablar de Dios.
Pero sin creer que nuestras palabras lo agotan.

Podemos percibir el mundo.
Pero recordando que lo visible no es la Realidad última.

Cuando esto se integra, algo se relaja.

La mente deja de intentar poseer lo Infinito.
Y el corazón comienza a habitarlo.

Porque lo que Es no necesita ser comprendido para ser vivido.

Y cuando se reconoce esto, la búsqueda se aquieta y la Presencia se vuelve hogar.

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