La traición, el perdón y la mente compartida: una mirada desde Un Curso de Milagros
Más allá de la víctima y el culpable: comprender para sanar
Hay frases que, por su fuerza simbólica, se instalan en la conciencia colectiva como verdades incuestionables. Una de ellas, atribuida a León Tolstói, dice así: «Cuando alguien te traiciona es como si te cortara los brazos; puedes llegar a perdonarle, pero no podrás volver a abrazarle».
La imagen es potente, directa y profundamente humana. Todos, en algún momento, hemos sentido algo parecido.
Y sin embargo, cuando esta afirmación se observa con un poco más de quietud, surge una pregunta inevitable:
¿es esta una verdad definitiva… o solo una descripción parcial de la experiencia humana cuando todavía estamos atrapados en el dolor?
En la vida solemos medir a las personas por sus peores actos. Una traición, una mentira o una ruptura de confianza parecen tener el poder de anular todo lo demás. Pero esta forma de mirar —aunque comprensible— suele ser incompleta. Reduce a la persona a un solo gesto y congela la relación en un instante de conflicto.
Desde una perspectiva más amplia, y especialmente desde la mirada que propone Un Curso de Milagros, la traición y el perdón no se entienden como un simple intercambio entre dos individuos separados —víctima y agresor— sino como una expresión de una misma mente que se percibe fragmentada.
Este artículo explora esa posibilidad:
la de pasar del juicio a la comprensión,
de la condena a la integración,
y del perdón como esfuerzo moral al perdón como consecuencia natural de una mirada más consciente.
No para negar el dolor,
sino para ir más allá de él.
La frase atribuida a León Tolstói —«Cuando alguien te traiciona es como si te cortara los brazos: puedes llegara perdonarle, pero no podrás abrazarle»— tiene una fuerza poética innegable. Describe con crudeza una experiencia muy humana: la herida que no siempre se cierra del todo. Y, sin embargo, cuando la observamos desde una conciencia más amplia, quizá no sea una verdad definitiva, sino una fotografía tomada desde un punto muy concreto del camino.
La balanza incompleta
En la vida cotidiana solemos medir a las personas por sus actos más dolorosos. Una traición pesa tanto que eclipsa todo lo demás. Pero si nos detenemos un instante, vemos que ese juicio suele ser parcial.
Una persona no es su peor acción, del mismo modo que tampoco es únicamente la mejor. Somos una suma dinámica de luces y sombras, de aciertos y errores, de momentos de presencia y de olvido.
Mirado así, el valor de una persona no se mide por un único gesto —por devastador que haya sido— sino por el conjunto de su recorrido. Como en una balanza viva, cada acción tiene un peso distinto, un contexto, una historia detrás. Esta mirada no justifica el daño, pero sí lo sitúa en un marco más humano y más verdadero.
El perdón que no nace del esfuerzo
Desde esta comprensión, el perdón deja de ser un acto heroico del ego —“te perdono aunque no lo merezcas”— y se convierte en un reconocimiento más profundo: nadie actúa desde la plenitud cuando hiere.
Aquí el perdón no es un regalo al otro, sino un descanso para la propia mente. No se trata de volver a abrazar automáticamente, ni de negar límites sanos, sino de soltar la condena interior que nos mantiene atados al pasado.
Perdonar no siempre implica reconciliarse en la forma. A veces implica algo más silencioso: dejar de sostener la identidad de víctima y de agresor como si fueran realidades absolutas.
UCDM y la disolución de los roles
Desde la mirada de Un Curso de Milagros, esta comprensión va aún más lejos. No existen, en última instancia, dos personas separadas —un victimario y una víctima— sino una sola mente que se experimenta a sí misma fragmentada.
Lo que llamamos “el otro” es un espejo donde la mente observa aspectos de su propio pensamiento. La traición, entonces, no es solo algo que me hacen, sino algo que revela una creencia profunda en la separación, en la carencia, en el miedo.
Desde esta perspectiva, ambos roles —el que hiere y el que es herido— comparten la misma raíz: el olvido de lo que somos.
Esto no convierte el daño en ilusión trivial ni invalida el dolor humano. Pero sí abre una puerta radical: la posibilidad de sanar la causa, no solo el síntoma.
¿De verdad no se puede volver a abrazar?
La frase de Tolstói parece decirnos que hay daños irreversibles. Y, en el plano de las formas, a veces es cierto: hay relaciones que no continúan, confianzas que no se restauran del mismo modo, abrazos que ya no ocurren físicamente.
Pero desde la conciencia, el abrazo más profundo no siempre es externo. A veces es interior. A veces es el abrazo de una mente que deja de atacarse a sí misma a través del recuerdo.
Cuando la identificación con el rol de víctima se suaviza, algo se libera. Y ese algo —aunque no tenga brazos— vuelve a abrazar la vida.
Integrar sin negar
Esta mirada no pide ingenuidad ni sacrificio. No invita a exponerse de nuevo al daño ni a forzar vínculos rotos. Invita a algo más sutil y más transformador:
a ver al otro —y a uno mismo— no como un expediente cerrado por un solo acto, sino como un proceso en marcha.
Cuando la balanza se observa completa, cuando la mente deja de dividirse en culpables y damnificados, el perdón deja de ser una excepción moral y se convierte en una consecuencia natural de la comprensión.
Y desde ahí, el abrazo —externo o interno— deja de depender de brazos intactos y nace de un lugar mucho más hondo: la memoria compartida de lo que, en esencia, nunca estuvo separado.
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